Cómo el yoga salvó uno de los años más difíciles de mi vida

Hace poco tuve que escribir un blog como parte de mi formación como profesora de yoga. En él tenía que compartir mis reflexiones sobre cualquier aspecto del proceso. El mes pasado fue publicado en el blog de Yoga Quota en inglés, pero quería traducirlo y compartirlo aquí también, primero para que fuera accesible para aquellos que no entiendan inglés, y también por otra razón. Este último año ha sido muy transformador y me ha traído muchísimos cambios, y escribir esto me brindó la oportunidad de pararme, reflexionar, y, sinceramente, sentirme bastante orgullosa de mí misma, por no solo sobrevivir el año, sino crecer, convertirme más fuerte y encontrar un grupo increíble de personas en mis compañeros, profesores y también en mis alumnos.

Espero que te guste!


Desde que empecé a practicar yoga hace más de 10 años, siempre ha sido un ancla en momentos duros o de incertidumbre. El yoga estuvo ahí cuando tenía el corazón roto después de perder a mi padre por cáncer de pulmón. Cuando no podía dormir, comer o pasar un día sin llorar, Olivia, mi profesora de yoga, me preparó una secuencia sencilla que podía hacer antes de irme a la cama para conseguir relajarme y descansar.

En mi primer retiro de yoga, en Octubre de 2014, con mis compañeras de tienda de campaña

En mi primer retiro de yoga, en Octubre de 2014, con mis compañeras de tienda de campaña

El yoga estuvo ahí para mí cuando solo un año más tarde una amiga muy cercana falleció, también por cáncer. Había estado tan involucrada en ayudar a su familia en sus últimas semanas y en organizar su traslado a Italia después del entierro que no había tenido tiempo ni siquiera de sentir su falta. Durante un retiro de yoga de 4 días su canción favorita sonó en una de sus clases y lágrimas corrieron por mis mejillas. Fui a este retiro sola, pero allí conocí a nuevos amigos y empecé a descubrir el poder de la comunidad yogui.

Aunque empecé a practicar yoga buscando calma y relajación, en mi esterilla encontré mi fuerza. Cuanto más practicaba, cuanto más iba a talleres, retiros y festivals, más estable, fuerte y resiliente me sentía. Quería seguir profundizando y descubriendo esa parte de mí y decidí formarme como profesora de yoga.

Comencé la formación en Enero de 2018, muy ilusionada por los siguientes meses. Dos días más tarde un terremeto sacudió mi vida. Mi madre fue diagnosticada con cáncer del sistema linfático y decidí volver a mi España natal después de 14 años en el Reino Unido. Me sentía tan segura de mi decisión, pero un interrogante enorme se presentaba ante mí: ¿Cómo iba a conseguir completar mi formación? ¿Podría hacerlo? Gracias a la flexibilidad del programa de Yoga Quota, después de mirar todas las fechas y de crear una hoja de Excel complicadísima me di cuenta de que aunque difícil, era posible. Si podía volar a Inglaterra un fin de semana cada dos meses, podría conseguirlo. Poco sabía yo en aquel momento lo mucho que significarían esos fines de semana.

Cuatro semanas más tarde estaba en un avión, de vuelta a un país en el que no había vivido desde hacía 14 años. Un país en el que nunca había vivido como adulta, de vuelta a casa de mi madre. Dejé un trabajo que me encantaba, una casa que me encantaba, una ciudad que me encantaba y centenas de personas a las que quería. Lo que venía era desconocido y daba miedo.

A veces te preocupas por algo y cuando llega es mucho mejor de lo que esperabas. Ésta no es una de esas historias. El tratamiento de mi madre empezó a lo bestia cuando le provocó una reacción alérgica tan fuerte que se le cerraron las vías respiratorias casi al completo. Había días en los que tenía que cancelar todo porque estaba mala o teníamos que ir al hospital, incluyendo varias visitas a urgencias. No sentía que tuviera nada de control sobre mi vida.

Entonces empecé a levantarme muy pronto por las mañanas mientras todos dormían para hacer yoga durante media hora. A veces simplemente me sentaba y observaba mi respiración. Otros días me movía con energía. Pero esto me dio una sensación de haber logrado algo grandísimo. Tenía control sobre unos minutos cada día.

Pronto empezamos a acostumbrarnos al nuevo ritmo y la salud de mi madre empezó a mejorar, lo cual me permitió empezar a ir a una clase en mi ciudad. En verano empecé a ir al parque y a dar clases a mi grupo de amigos. Los momentos rodeada de árboles, de sentir el césped en mis pies y ver el cielo azul fueron como una tónica para mi corazón.

No llego a comprender como, con tanta incertidumbre, conseguí viajar a Oxford cada dos meses para mi formación. Nunca sabía si podría ir la próxima vez, pero de alguna forma siempre pude. En casa estaba siempre pensando en cuidar de los demás, así que estos fines de semana fuera se convirtieron en un lujo. Pasaba dos días aprendiendo más sobre yoga rodeada de gente maravillosa que poco a poco se convertían en amistades.

Con mis compis de formación, en un retiro el pasado Septiembre

Con mis compis de formación, en un retiro el pasado Septiembre

Después del verano, mi profe de yoga en Albacete (gracias Julia!) me puso en contacto con el Centro La Rueda, que buscaba un profesor de yoga. Empecé a dar dos clases a la semana, que pronto se convirtieron en tres y luego cuatro. Me encantan los cinco minutos antes de clase, cuando oigo a los alumnos hablar unos con otros, contándose qué tal les ha ido a la semana. Lo más especial son los minutos después de Savasana, cuando ves las sonrisas de todo el mundo. 

Ahora que mi formación ha terminado, mirando atrás a este año, solo lo puedo describir como una montaña rusa. Muchos de los momentos más felices han tenido algo que ver con yoga, y los momentos difíciles los he llevado mejor gracias a yoga también. El yoga es una práctica que siempre está ahí para mí, que siempre estará ahí para mí, para crear momentos felices, para valorar la felicidad que existe en cada instante. También está ahí cuando necesito dejar que mis emociones afloren, cuando necesito llorar, o respirar profundamente y dejar que la tensión de disipe.

 

Inma AndresComentario